Opinión: "Cuando la democracia exige sacrificios incómodos"
Muchos en Latinoamérica ignoran lo que ocurre en Hungría. Sin embargo, lo que se juega este domingo debería resultarnos inquietantemente familiar. No es solo una elección: es una disputa entre la continuidad de un sistema que ha perfeccionado su permanencia en el poder y la posibilidad de recuperar condiciones democráticas básicas.
El MSZP, Partido Socialista de Hungría, una de las principales fuerzas históricas de la socialdemocracia en Europa Central, decidió no presentar candidatos propios en las elecciones parlamentarias de 2026. No fue una renuncia improvisada, sino una decisión estratégica, adoptada el 20 de febrero, tras reconocer una realidad incómoda: bajo el sistema electoral diseñado por el gobierno de Viktor Orbán, la oposición solo puede ganar si logra concentrarse en un único candidato por distrito.
En otras palabras, la fragmentación garantiza la derrota. Por eso, el MSZP ha optado por apoyar al partido TISZA, una fuerza de derecha que, aunque ideológicamente distante, representa hoy la mejor posibilidad de derrotar al oficialismo.
En contextos autoritarios, la política deja de ser un ejercicio de coherencia ideológica para convertirse en un ejercicio de supervivencia democrática. Pero este no es un gesto menor. Al renunciar a competir, el Partido Socialista no solo cede visibilidad política; también pierde acceso al financiamiento estatal a partir de mayo de 2026, lo que supone un golpe financiero sin precedentes para su estructura y su futuro. Es, literalmente, un sacrificio institucional en nombre de la democracia.
Para quienes venimos de Venezuela, este dilema no es teórico. A lo largo de más de dos décadas de control chavista, hemos visto cómo se transforman las reglas del juego: los partidos dejaron de recibir financiamiento estatal, los circuitos electorales fueron diseñados para favorecer al oficialismo y se inhabilitó sistemáticamente a candidatos de la oposición, entre otras prácticas.
Hemos tenido que votar estratégicamente. Hemos tenido que apoyar opciones imperfectas. Incluso, hacer campaña por candidatos que no eran de nuestro agrado o que no compartían plenamente nuestros valores. Todo ello por una razón fundamental: rescatar la democracia. Hemos aprendido que, cuando las reglas están manipuladas, la prioridad no es ganar el poder, sino recuperar la posibilidad real de disputarlo. Eso es exactamente lo que está en juego en Hungría.
Durante más de una década, Viktor Orbán ha construido un modelo que algunos describen como “democracia iliberal”, pero que, en la práctica, funciona como un sistema autoritario sofisticado: captura institucional, presión sobre medios y academia, rediseño de las reglas electorales y debilitamiento progresivo del pluralismo.
No se trata de un fenómeno aislado. Forma parte de una tendencia global. Figuras como Vladimir Putin y Donald Trump han contribuido a legitimar una nueva corriente política que combina nacionalismo extremo, conservadurismo radical y desprecio por las normas democráticas. Una especie de red internacional informal que encuentra en líderes como Orbán un punto de articulación.
Frente a esto, la oposición húngara enfrenta el mismo dilema que tantas veces hemos visto en América Latina: ¿es preferible mantener la pureza ideológica o asumir alianzas incómodas para frenar el autoritarismo?
En condiciones normales, la respuesta sería evidente. Pero Hungría no vive condiciones normales. Y cuando la democracia está en riesgo, la política se redefine: primero se lucha por restablecer las condiciones; luego vendrá el debate sobre el modelo de país.
Ese es el mensaje incómodo, pero profundamente honesto, que deja la decisión del socialismo húngaro. Porque la democracia no siempre se defiende desde la comodidad de las convicciones puras. A veces se defiende desde el sacrificio.
Y la pregunta que queda para nosotros, en Venezuela y en toda América Latina, es inevitable: ¿estamos dispuestos a hacer lo mismo cuando nos toque?
Desde la distancia, envío un fuerte abrazo a todos los compañeros y compañeras de los movimientos democráticos de Hungría.
Guillermo Miguelena P.



