Opinión: "La ilusión de la transición"
González López: cohesión, estrategia y poder en el chavismo actual
Durante años se ha repetido la idea de que dentro del poder en Venezuela existen fracturas profundas, especialmente entre figuras como los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello. Esa lectura, aunque resulta políticamente útil para algunos sectores, no refleja con precisión cómo funciona realmente el régimen. Más que facciones enfrentadas, lo que existe es una alianza de poder que actúa de forma coordinada, con roles distintos pero con un objetivo común e innegociable: mantenerse en el poder.
El chavismo ha demostrado, a lo largo del tiempo, una gran capacidad de adaptación. Puede endurecerse o flexibilizarse según el momento, abrir espacios o cerrarlos, negociar o confrontar. Pero en todos los casos la lógica es la misma: preservar el poder. Por eso no debería sorprender que hoy esté dispuesto a establecer relaciones pragmáticas incluso con actores que durante años presentó como enemigos, como ocurre con Donald Trump. Estas aproximaciones no responden a cambios ideológicos, sino a cálculos políticos.
En ese marco debe entenderse el peso de figuras como Gustavo González López. Mayor general y uno de los principales operadores del aparato de inteligencia y seguridad del chavismo, fue director del SEBIN en dos períodos y ministro de Interior. Su trayectoria lo ubica como una pieza clave en el control político interno, en la vigilancia y en la persecución de la oposición democrática. Ha sido sancionado internacionalmente y señalado por organismos de derechos humanos por su presunta responsabilidad en detenciones arbitrarias y prácticas represivas. Durante su gestión en el SEBIN ocurrió uno de los episodios más graves para la democracia venezolana: el asesinato del concejal Fernando Albán mientras se encontraba detenido.
Su cercanía con el núcleo duro del poder, y en particular con Diosdado Cabello, refuerza su importancia dentro del engranaje de control del régimen. Ya se había advertido que su designación en posiciones estratégicas como la jefatura de la Casa Militar no era un movimiento menor, sino parte de una jugada para garantizar mayor control y cohesión alrededor del poder ejecutivo, especialmente en torno a Delcy Rodríguez.
Este tipo de decisiones no debe interpretarse en clave ideológica, sino instrumental. El chavismo no tiene problema en ceder en el discurso o en modificar posiciones si eso le permite ganar tiempo, oxígeno político o margen de maniobra. Al mismo tiempo, actores externos pueden creer que están imponiendo condiciones, cuando en realidad están siendo incorporados a una lógica de conveniencia mutua.
Otro elemento que confirma esa capacidad de cálculo es el manejo del tiempo político. Recientemente, mientras buena parte del país estaba concentrada en la celebración del campeonato mundial de béisbol, el régimen avanzó en decisiones sensibles, como movimientos en el alto mando militar y anuncios en materia de defensa. No se trata de coincidencias. Es una práctica conocida: actuar en momentos de distracción colectiva para reducir costos políticos y minimizar la atención pública.
El poder en Venezuela no improvisa. Planifica, mide y ejecuta.
En paralelo, se han producido gestos que algunos interpretan como señales de apertura: liberaciones parciales de presos políticos, discursos más moderados o iniciativas legislativas como la llamada Ley de Amnistía. Sin embargo, estos movimientos deben analizarse con cautela. No responden a una convicción democrática, sino a presiones acumuladas, tanto internas como internacionales. El aparato represivo no ha desaparecido; simplemente está siendo administrado.
Quizás lo más preocupante de este momento no es la actuación del chavismo, sino la reacción de ciertos sectores de la oposición. Resulta inquietante ver cómo algunos dirigentes insisten en instalar la idea de que el cambio ya comenzó, que la transición está en marcha o que el régimen está cediendo espacios de forma irreversible.
Esa narrativa no solo es imprecisa, sino peligrosa. Genera falsas expectativas, desmoviliza a la ciudadanía y reduce la capacidad de presión real sobre el poder. Y, como ha ocurrido otras veces en la historia reciente, termina favoreciendo la normalización de una realidad que sigue siendo profundamente autoritaria.
Comprender esta diferencia es fundamental. Si el diagnóstico es equivocado, cualquier estrategia política también lo será. El chavismo no ha cambiado su naturaleza; lo que ha hecho es ajustar sus métodos.
Frente a este escenario, la responsabilidad de quienes analizan, comunican o hacen política es mayor que nunca. No se trata de caer en el pesimismo, sino de evitar la ingenuidad. La realidad venezolana exige lucidez, rigor y, sobre todo, honestidad intelectual.
Porque en contextos autoritarios, las ilusiones no son neutrales.
También pueden terminar siendo funcionales al poder.




