Opinión: "Movilización social para la transición"
A raíz de los acontecimientos del 3 de enero en Venezuela muchos se adelantaron a plantear que el país entraba, definitivamente, en una transición. Algunos más entusiastas decidieron ponerle nombre y apellido: transición a la democracia. Una transición tutelada y dirigida por los Estados Unidos y los designios de Donald Trump.
La verdad es que estamos lejos de que haya una transición democrática. Lo que tenemos al frente, en estos tres primeros meses, es un reacomodo del sistema político, donde el gobierno interino, dirigido por Delcy Rodríguez, y reconocido por EEUU, se replantea posiciones clásicas del chavismo como movimiento político para sobrevivir esta ola de instrucciones y cambios políticos a raíz del 3 de enero. Sus movimientos y acciones parecieran seguir con el patrón de opacidad operacional pero maquillaje institucional para re-agrupar y re-dirigir esfuerzos en lo que ellos mismos han llamado “el nuevo momento político”. Un nuevo momento político lleno de diálogo sin cajas de resonancia, una amnistía débil y un proceso de re-configuración de Poderes Públicos que aún no queda claro la verdadera capacidad de acción y el respeto a la constitución del 99.
Y la verdad, es que los reacomodos de sistemas autoritarios no son transiciones. Simplemente son cambios. A todas estas, ¿qué se necesita para impulsar una verdadera transición? La respuesta no es sencilla, y menos en Venezuela, pero todo parece arrojar a que la respuesta apunta a que debemos conjugar al tiempo la movilización social, la claridad en la exigencia y la visión estratégica.
Venezuela atraviesa, antes que una crisis política, una crisis social profunda. Esta crisis social está acompañada por deuda social y exigencia en distintos sectores que no ha sido canalizada por años, creando mayores ciclos de desigualdad, pobreza y debilitamiento de la confianza en la gente ante las instituciones del Estado. Este país atraviesa una crisis laboral, educativa, de servicios públicos y de salud de larga data que pueden ser los primeros disparadores sociales para lograr una movilización social importante que permita ir generando mayor tensión institucional y fomentar espacios de negociación y acción que produzcan cambios palpables en el país.
Esta movilización social no debe ser politizada, debe ser acompañada por todos los sectores y estar llena de contenido programático que permita elevar la exigencia social de forma clara y también construir propuestas que permitan solucionarla. Además, los movimientos sociales en Venezuela deben tener unidad estratégica: ordenarse alrededor de los problemas de la gente, dar la conversación incómoda de que todo debe ser negociado y conversado y finalmente, lograr victorias. La verdad, no hay nada que se pueda lograr por la simple presión y tampoco por la simple negociación. Es clave ir a jugar en todos los terrenos que nos da la vida pública y social en Venezuela para impulsar la transformación de nuestra realidad.
Entendiendo esto es cuando podemos abordar las oportunidades institucionales frente a una realidad que hoy tenemos como país: El costo de represión es alto, pero la capacidad del Estado para solucionar las demandas es baja. Ahora, ¿qué hacemos? Fácil: concertar. Pero concertar con certeza, claridad y concesiones reales. No se puede seguir esperando del chavismo, como movimiento político, que estos espacios de encuentro y negociación sigan siendo gestos tácticos para ganar tiempo o construir una narrativa. En ellos también está la tarea, titánica, de generar confianza al resto del país y promover la reconciliación real.
La negociación y acción es un eje clave para que la movilización social logre sus objetivos. Esto es un trabajo de orden interno, debe estar siendo motorizado y dirigido por las fuerzas vivas que aún quedan en Venezuela y buscando la unidad de todos los sectores tanto en la presencia y exigencia, como en la estrategia para lograrlo. No podemos caer en la disyuntiva de que todo son movilizaciones para entregar un documento o llegar a una esquina del centro de Caracas. Debemos empezar a mover el tablero y proponer acciones coherentes y reales a través de un diagnostico de las condiciones de los servicios públicos, el sector salud, educación y laboral.
No podemos dejar que el cumplimiento de nuestras exigencias también esté siendo tele-dirigido desde EEUU porque se corre el riesgo de que en vez de enrumbarnos a una transición democrática, caigamos en un proceso corporativista donde se logra un gran pacto de élites y capital. Un ejemplo claro es el proceso que vivió México con el PRI desde 1977 al 2000.
Finalmente, hoy el proceso venezolano, lejos de la democracia, ha demostrado aperturas en el sistema político. El retorno de las protestas, la liberación parcial de los presos políticos, el tímido regreso de la acción política y la parcial apertura en medios de comunicación con cambios de línea editorial son signos importantes. Sin embargo, el regreso autoritario siempre es latente, pudiéramos pensar que con la amenaza constante de EEUU eso no ocurrirá, pero si el re-acomodo Delcy-Trump se basa, como ha sido hasta ahora, en petróleo y dinero, poco espacio habrá para las reformas institucionales profundas que se necesitan antes de llegar a elecciones.
Sin embargo, nos enfrentamos a retos grandes. Es el momento de ir a levantar no una bandera, sino todas las banderas, pero también es el momento de no ser maximalistas ni inmediatistas, sino procurar crear las condiciones necesarias para que las exigencias sociales sean canalizadas y atendidas.
Para que atendamos las necesidades de Venezuela y construyamos un verdadero camino de reconciliación y reconstrucción, debemos reconocernos entre todos. Es el momento en que todos los sectores sociales deben sentarse y comprender no sólo sus necesidades, sino las necesidades de los demás y equilibrar cargas. Hoy no hay cosas que atender más importantes que otras, todo es importante. En este país de todos, cabemos todos y hay que sentar a universidades, medios, académicos, estudiantes, profesionales, sindicatos, gremios, políticos, defensores de DDHH, ONG, víctimas y un largo etcétera.
El llamado a todos estos sectores parte de una realidad también: el tejido social venezolano está roto. El proceso de autoritarismo que ha vivido el país resquebrajó la confianza entre actores y sectores y los llevó a su punto más mínimo. La autonomía universitaria se perdió, la capacidad de negociación de los sindicatos también, el diálogo tripartito no existe, los medios generaron censura y autocensura, los colegios profesionales y gremios se vaciaron de contenido por la precarización de la actividad gremial y profesional y los defensores de DDHH y miembros de ONG han sido altamente perseguidos y encarcelados, sin olvidar que las víctimas de la represión están siendo, constantemente, re-victimizadas y silenciadas.
Hay que reconocernos como un país herido y que no se escuchó nunca. No se respetaron las minorías ni las mayorías, se impuso un modelo en el que el norte era sobrevivir y no convivir. Es en este preciso instante donde todos estamos llamados a tragar grueso y aceptar la realidad por encima de los deseos para poder construir ese país posible y deseado que, absolutamente, todos queremos.
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